domingo, 6 de abril de 2014

Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá


Hoy, la Iglesia nos presenta un gran milagro: Jesús resucita a un difunto, muerto desde hacía varios días.

La resurrección de Lázaro es “tipo” de la de Cristo, que vamos a conmemorar próximamente. Jesús dice a Marta que Él es la «resurrección» y la vida (cf. Jn 11,25). A todos nos pregunta: «¿Crees esto?» (Jn 11,26). ¿Creemos que en el bautismo Dios nos ha regalado una nueva vida? Dice san Pablo que nosotros somos una nueva creatura (cf. 2Cor 5,17). Esta resurrección es el fundamento de nuestra esperanza, que se basa no en una utopía futura, incierta y falsa, sino en un hecho: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!» (Lc 24,34).

Jesús manda: «Desatadlo y dejadle andar» (Jn 11,34). La redención nos ha liberado de las cadenas del pecado, que todos padecíamos. Decía el Papa León Magno: «Los errores fueron vencidos, las potestades sojuzgadas y el mundo ganó un nuevo comienzo. Porque si padecemos con Él, también reinaremos con Él (cf. Rom 8,17). Esta ganancia no sólo está preparada para los que en el nombre del Señor son triturados por los sin-dios. Pues todos los que sirven a Dios y viven en Él están crucificados en Cristo, y en Cristo conseguirán la corona».

Los cristianos estamos llamados, ya en esta tierra, a vivir esta nueva vida sobrenatural que nos hace capaces de dar crédito de nuestra suerte: ¡siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza! (cf. 1Pe 3,15). Es lógico que en estos días procuremos seguir de cerca a Jesús Maestro. Tradiciones como el Vía Crucis, la meditación de los Misterios del Rosario, los textos de los evangelios, todo... puede y debe sernos una ayuda.

Nuestra esperanza está también puesta en María, Madre de Jesucristo y nuestra Madre, que es a su vez un icono de la esperanza: al pié de la Cruz esperó contra toda esperanza y fue asociada a la obra de su Hijo.

sábado, 5 de abril de 2014

DIVISIÓN D EOPINIONES QUE SUSCITA LA PERSONA DE JESÚS

En el evangelio de hoy aparece clara la división de opiniones que suscitaba la persona de Jesús. Hay gente sencilla que lo reconoce como profeta e incluso como mesías. Pero los sabios y conocedores de la Escritura son precisamente los que menos entienden y los más reacios a creer en Jesús. ¿Es que de Galilea puede venir el mesías? Vuelve de nuevo el tema del origen humano de Jesús.
Los sumos sacerdotes y los fariseos son los más beligerantes contra Cristo, hasta el punto de recriminar a los guardias del templo por no haberlo prendido. Como éstos demuestran su admiración por Jesús, los apostrofan: “¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos mal¬ditos”.

Pero hay un fariseo que pone la nota de moderación y sensatez. Es Nicodemo, que en otro tiempo se entrevistó con Jesús: ¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo? Pero también a él tratan los entendidos de hacerle callar: “¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas”.

Y es que sólo mediante la fe puede darse alcance al misterio de Cristo y comprender su personalidad y su men¬saje. El mayor pecado es, sin duda, cerrar la voluntad y el corazón a la verdad.

La intervención de Nicodemo en favor de Jesús es muy significativa. El, que en otra ocasión contactó con Jesús de noche y en secreto por miedo a sus colegas, los jefes religiosos, es ahora quien da la cara por él. Su miedo se ha cambiado en valentía, porque abrió su corazón a la verdad. Y su caso es un ejemplo para nosotros. Con frecuencia el miedo a confesar nuestra fe en Cristo, el miedo a significarnos, el miedo al ridículo, a perder nuestra reputa¬ción y seguridad, nos lleva a debilitar, si no a traicionar, nuestras con¬vicciones.

El miedo a comprometernos a seguir a Cristo incondicionalmente puede a veces con nosotros. Cuando confrontamos el evangelio con nuestros criterios personales y los que están en boga a nuestro alrededor, sen¬timos el vértigo del desánimo al ver que a cada paso que damos perde¬mos el compás. La palabra de Dios es fuego candente, y cedemos a la tentación de querer asirla con pinzas para no quemarnos. Como Jesús lo sabía, previno contra el miedo a sus apóstoles cuando los envió a anunciar el evangelio: ‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo... Si uno se pone de mi parte ante los hombres... Pero si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo” (Mt lO,28ss).

El testimonio valiente de la fe cristiana, el tomar partido por el evangelio, el dar la cara por Cristo y por los hermanos, especialmente por los más olvidados, es actitud necesaria y de perenne actualidad. Esta confesión es tarea de todos los días en los mil detalles de la existencia cotidiana en medio de un ambiente cada vez más difícil y descristianizado. Pero Dios ayuda con su fuerza.

Comentarios realizados por: José Antonio Marzoa Rodríguez (Viceconsiliario Nacional de Cursillos en España)
cursillosdecristiandad.es

viernes, 4 de abril de 2014

Nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora


Hoy, el evangelista Juan nos dice que a Jesús «no [le] había llegado su hora» (Jn 7,30). Se refiere a la hora de la Cruz, al preciso y precioso tiempo de darse por los pecados de la entera Humanidad. Todavía no ha llegado la hora, pero ya se encuentra muy cerca. Será el Viernes Santo cuando el Señor llevará hasta el fin la voluntad del padre Celestial y sentirá —como escribía el Cardenal Wojtyla— todo «el peso de aquella hora, en la que el Siervo de Yahvé ha de cumplir la profecía de Isaías, pronunciado su “sí”».

Cristo —en su constante anhelo sacerdotal— habla muchísimas veces de esta hora definitiva y determinante (Mt 26,45; Mc 14,35; Lc 22,53; Jn 7,30; 12,27; 17,1). Toda la vida del Señor se verá dominada por la hora suprema y la deseará con todo el corazón: «Con un bautismo he de ser bautizado, y ¡cómo me siento urgido hasta que se realice!» (Lc 12,50). Y «la víspera de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Aquel viernes, nuestro Redentor entregará su espíritu a las manos del Padre, y desde aquel momento su misión ya cumplida pasará a ser la misión de la Iglesia y de todos sus miembros, animados por el Espíritu Santo.

A partir de la hora de Getsemaní, de la muerte en la Cruz y la Resurrección, la vida empezada por Jesús «guía toda la Historia» (Catecismo de la Iglesia n. 1165). La vida, el trabajo, la oración, la entrega de Cristo se hace presente ahora en su Iglesia: es también la hora del Cuerpo del Señor; su hora deviene nuestra hora, la de acompañarlo en la oración de Getsemaní, «siempre despiertos —como afirmaba Pascal— apoyándole en su agonía, hasta el final de los tiempos». Es la hora de actuar como miembros vivos de Cristo. Por esto, «al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas” permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia n. 2746).

jueves, 3 de abril de 2014

EL TESTIMONIO MÁS VALIOSO PARA LOS CREYENTES



Jesús recuerda la historia del Éxodo y de Moisés, de la zarza ardiente y del becerro, de la fidelidad e infidelidad. Pero lo hace a otro nivel: Soy el Hijo, el último enviado del que hablan los signos. Si no abrís el corazón quedará cerrado para siempre.
En la discusión entre Jesús y los judíos se apela a testimonios que avalen a uno o a los otros. Los Judíos se apoyan en Moisés y las Escrituras que conocen " al dedillo". Y Cristo les ataca precisamente por ahí, por su autosuficiencia. Ellos se creen en la posesión de la verdad, son los recitadores de credos de memoria, los que "saben" tanto de Dios que el mismo Dios ya no sabe actuar sin contar con ellos; los maestros de ceremonias, los "secretarios" insustituibles del Altísimo. ¡Pero no son creyentes! ¿Cómo van a creer que Dios "se escapa de la santidad del templo” para comer con los pecadores? ¿Cómo va a preferir Dios las obras de misericordia con los pobres desdichados antes que los sacrificios rituales del Templo? ¿Cómo va a preferir Dios la atención a un enfermo o necesitado a la sacrosanta ley del sábado?

Y va Jesús… y desenmascara el orgullo de los "creídos" y ofrece el testimonio más valioso para los creyentes: el testimonio de sus obras en nombre de Dios, obras llenas de salud, de perdón y de vida…
Los judíos «creían» en las escrituras; sin embargo, Jesús les dice que no creen en los escritos de Moisés porque creen "a su modo", interpretan a su manera. Igualmente, yo no puedo interpretar la escritura a mi manera. "Quien a vosotros oye, a mí me oye. Si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?"
Piensan que van a encontrar en la Escrituras lo que no contienen: la vida definitiva. Han dado un valor absoluto a la Escritura y la han convertido en un todo completo y cerrado, en lugar de ver en ellas, una promesa y una esperanza.
El papel de la Escritura era dar testimonio preparatorio a la llegada del Mesías. Pero ellos no hacen caso de este testimonio porque su clave de lectura es falsa.

"Os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros".

Les falta ese "amor de Dios": amor a Dios y amor de Dios. Carecen de aquella apertura fundamental a Dios que es imprescindible en el amor; por eso les falta también la capacidad de acercarse a Jesús y reconocerlo como enviado de Dios. Y si no se admite al enviado de Dios ¿qué ocurre? Pues lo que está ocurriendo en nuestro tiempo: existe el gran peligro de aceptar sin crítica alguna a muchos otros que llegan en su propio nombre y ponen siempre por delante sus grandes exigencias personales, a pesar de lo cual se les sigue con gran fidelidad.
Jesús, lo mismo que dice sobre Moisés, lo dice también sobre los apóstoles y los ministros de su Iglesia: "Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia" (Lc 10, 16.). Si no oigo las enseñanzas de la Iglesia, si no las sigo,

¿cómo voy a creer?

La fe se robustece con el estudio, con la formación. No es coherente que vaya creciendo mi cultura, mi ciencia, mi capacidad crítica, y continúe con una formación religiosa «de primera comunión»: con explicaciones de la fe que no dan respuesta a las preguntas de una vida de adulto, ni pueden contrarrestar los ataques a la fe solapados bajo un lenguaje pseudocientífico y «progresista». Por eso es importante asistir a charlas de formación, pedir consejo para leer libros interesantes sobre la doctrina y la vida cristiana, etc...

¿Cómo cuidamos la formación?

Comentarios realizados por: José Antonio Marzoa Rodríguez (Viceconsiliario Nacional de Cursillos en España)
cursillosdecristiandad.es

Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido


Hoy, el Evangelio nos enseña cómo Jesús hace frente a la siguiente objeción: según se lee en Dt 19,15, para que un testimonio tenga valor es necesario que proceda de dos o tres testigos. Jesús alega a favor suyo el testimonio de Juan el Bautista, el testimonio del Padre —que se manifiesta en los milagros obrados por Él— y, finalmente, el testimonio de las Escrituras.

Jesucristo echa en cara a los que le escuchan tres impedimentos que tienen para reconocerle como al Mesías Hijo de Dios: la falta de amor a Dios; la ausencia de rectitud de intención —buscan sólo la gloria humana— y que interpretan las Escrituras interesadamente.

El Santo Padre Juan Pablo II nos escribía: «A la contemplación del rostro de Cristo tan sólo se llega escuchando en el Espíritu la voz del Padre, ya que nadie conoce al Hijo fuera del Padre (cf. Mt 11,27). Así, pues, se necesita la revelación del Altísimo. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse en actitud de escuchar».

Por esto, hay que tener en cuenta que, para confesar a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios, no es suficiente con las pruebas externas que se nos proponen; es muy importante la rectitud en la voluntad, es decir, las buenas disposiciones.

En este tiempo de Cuaresma, intensificando las obras de penitencia que facilitan la renovación interior, mejoraremos nuestras disposiciones para contemplar el verdadero rostro de Cristo. Por esto, san Josemaría nos dice: «Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios...—Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!».

martes, 1 de abril de 2014

¿QUIERES...? ¡LEVÁNTATE!


En el A.T. el agua es signo de la vida que Dios anuncia, y la Ley, garantía de la alianza de Dios. Pero ambas necesitan del Cristo para ser efectivas.

El agua es factor de vida, pero hay aguas, como la del pozo de Jacob y ésta de la piscina de Betesda que son estériles, que, aunque prometen la curación, no la pueden dar. Por si solas no curan… los enfermos, necesitan de una mano "que les empujen"
Como el agua de la piscina, tampoco la ley de Moisés podía dar vida al pecador: sólo podía mostrarle sus transgresiones y confirmar la pobreza de la condición humana. En lugar de salvarle, le encerraba, le mantenía en su pasado. Paralizado desde hacía treinta y ocho años... La ley pone pegas a que se salve a los necesitados "porque es sábado", convirtiéndose en una atadura que mantiene cosidos a la parálisis a quienes no pueden arreglarse por si mismos. La "Ley", por sí sola, impide al paralítico acercarse a la vida que trae el Agua de la Vida… Pero Jesús, rompiendo las trabas legalistas, eleva la ley a la categoría de mandamiento del amor. Es más, Él mismo se convierte en agua que hace brotar la vida en plenitud
El enfermo desea la curación, pero está fuera de su alcance.

El agua de vida es la del Mesías, el Espíritu que brotará de él como de nuevo templo, las aguas mansas de Siloé, la piscina del Enviado, situada fuera de la ciudad.
"Jesús le dice: levántate, toma tu camilla y echa a andar".
Inmediatamente le da la salud y con ella la capacidad de actuar por sí mismo. El hombre puede disponer de la camilla que lo tenía inmóvil y puede caminar a donde quiera. La camilla, nombrada cuatro veces, adquiere un significado importantísimo. Ella cargaba con el hombre inválido; ahora, curado, el hombre carga con ella.
"Levántate y anda". Comienzo de una vida nueva. Dios quiere un "hombre de pie", un hombre que avanza. El pecado es una parálisis.

-El hombre que no podía tenerse en pie es capaz de llevar su camilla, es capaz de soportarse a sí mismo.
Jesús lo hace dueño de aquello que lo dominaba; le hace poseer aquello que lo poseía.
¿Estamos dispuestos a cargar con "nuestras camillas"? ¿Estamos dispuestos a no dejarnos poseer por esas "ataduras"?

El Señor te dice: "¿Quieres…? ¡Levántate! Toma tu camilla!" (no la dejes atrás, carga con ella, para que recuerdes siempre que si te acomodas en ella, no podrás tener vida) "y echa a andar" y, "ahora que estás sano, no peques más".

Comentarios realizados por: José Antonio Marzoa Rodríguez (Viceconsiliario Nacional de Cursillos en España)

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Jesús, viéndole tendido, le dice: ‘¿Quieres curarte?’


Hoy, san Juan nos habla de la escena de la piscina de Betsaida. Parecía, más bien, una sala de espera de un hospital de trauma: «Yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos» (Jn 5,3). Jesús se dejó caer por allí.

¡Es curioso!: Jesús siempre está en medio de los problemas. Allí donde haya algo para “liberar”, para hacer feliz a la gente, allí está Él. Los fariseos, en cambio, sólo pensaban en si era sábado. Su mala fe mataba el espíritu. La mala baba del pecado goteaba de sus ojos. No hay peor sordo que el que no quiere entender.

El protagonista del milagro llevaba treinta y ocho años de invalidez. «¿Quieres curarte?» (Jn 5,6), le dice Jesús. Hacía tiempo que luchaba en el vacío porque no había encontrado a Jesús. Por fin, había encontrado al Hombre. Los cinco pórticos de la piscina de Betsaida retumbaron cuando se oyó la voz del Maestro: «Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8). Fue cuestión de un instante.

La voz de Cristo es la voz de Dios. Todo era nuevo en aquel viejo paralítico, gastado por el desánimo. Más tarde, san Juan Crisóstomo dirá que en la piscina de Betsaida se curaban los enfermos del cuerpo, y en el Bautismo se restablecían los del alma; allá, era de cuando en cuando y para un solo enfermo. En el Bautismo es siempre y para todos. En ambos casos se manifiesta el poder de Dios por medio del agua.

El paralítico impotente a la orilla del agua, ¿no te hace pensar en la experiencia de la propia impotencia para hacer el bien? ¿Cómo pretendemos resolver, solos, aquello que tiene un alcance sobrenatural? ¿No ves cada día, a tu alrededor, una constelación de paralíticos que se “mueven” mucho, pero que son incapaces de apartarse de su falta de libertad? El pecado paraliza, envejece, mata. Hay que poner los ojos en Jesús. Es necesario que Él —su gracia— nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu. Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.