
No dejemos de rezarle a la Reina de la Paz.
Las entidades firmantes están extremadamente preocupadas por los fuertes ataques a los que se enfrenta la Federación rusa debido a su reciente Ley Federal de 29 de junio, 2013 No. 135-FZ «De Enmiendas al Artículo 5 de la Ley Federal Sobre la Protección de Niños de Información Dañina a su Salud y Desarrollo...» que protege la inocencia y formación moral de los niños, prohibiendo la propaganda de «relaciones sexuales no-tradicionales» entre ellos.Como explica Leonor Tamayo, responsable del Área Internacional de Profesionales por la Ética, «Rusia, Ucrania y Moldova han concretado en leyes nacionales los tratados internacionales que protegen a los menores y su desarrollo integral biológico, intelectual y moral. Y es legítimo que los países, en el uso de su soberanía, quieran proteger a sus niños frente a la propaganda y el adoctrinamiento en cuestiones tan delicadas como la sexualidad, las relaciones personales y la concepción de la familia».
Afirmamos que la familia natural, creada a través del matrimonio de un hombre y una mujer, es el fundamento de cualquier sociedad humana y merece la protección de la sociedad y el Estado como está recogido en la normas internacionales de Derechos Humanos, incluida la Declaración Universal de Derechos Humanos (Art. 16.3). Cualquier iniciativa dañina a la familia natural es destructiva de la sociedad en su conjunto. También afirmamos que los niños necesitan una protección especial debido a su inocencia e inmadurez.
Reconocemos que la ley rusa protege la inocencia de los niños y los derechos básicos de sus padres reconocidos en tratados y legislación internacional. Con su nueva ley Rusia protege derechos humanos genuinos y universalmente reconocidos contra «valores» artificiales y fabricados que se intentan imponer agresivamente en muchas sociedades modernas. Asimismo hacemos constar que los conceptos de «orientación sexual» e «identidad de género» no están recogidos en los tratados y acuerdos internacionales vinculantes existentes.
Por tanto hacemos una llamada por el respeto a la soberanía del pueblo Ruso e invitamos a todas las organizaciones y personas que se sienten responsables en la protección de la inocencia de los niños y sus derechos, la familia natural y los derechos paternos a salir a la defensa de Rusia, como también por Ucrania y Moldova, quienes sufren la misma presión por leyes similares.
22 de agosto
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María, Reina del Universo
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Catequesis de S.S. Juan Pablo II
Audiencia General de los Miércoles, 23 de julio de 1997 |
1. La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).
En efecto, a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el concilio de Éfeso la proclama «Madre de Dios», se empieza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo.
Pero ya en un fragmento de una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres tú, la madre de mi Señor, tú mi Señora» (Fragmenta: PG 13, 1.902 D). En este texto se pasa espontáneamente de la expresión «la madre de mi Señor» al apelativo «mi Señora», anticipando lo que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el título de «Soberana»: «Cuando se convirtió en madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas» (De fide orthodoxa, 4, 14: PG 94 1.157).
2. Mi venerado predecesor Pío XII en la encíclica Ad coeli Reginam, a la que se refiere el texto de la constitución Lumen gentium, indica como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la obra de la redención. La encíclica recuerda el texto litúrgico: «Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (MS 46 [1954] 634). Establece, además, una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen. Cristo es rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género humano (MS 46 [1954] 635).
En el evangelio según san Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). En el lenguaje bíblico, «sentarse a la diestra de Dios» significa compartir su poder soberano. Sentándose «a la diestra del Padre», él instaura su reino, el reino de Dios. Elevada al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo.
Observando la analogía entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María, podemos concluir que, subordinada a Cristo, María es la reina que posee y ejerce sobre el universo una soberanía que le fue otorgada por su Hijo mismo.
3. El título de Reina no sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión.
Citando la bula Ineffabilis Deus, de Pío IX, el Sumo Pontífice Pío XII pone de relieve esta dimensión materna de la realeza de la Virgen: «Teniendo hacia nosotros un afecto materno e interesándose por nuestra salvación ella extiende a todo el género humano su solicitud. Establecida por el Señor como Reina del cielo y de la tierra, elevada por encima de todos los coros de los ángeles y de toda la jerarquía celestial de los santos, sentada a la diestra de su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, obtiene con gran certeza lo que pide con sus súplicas maternal; lo que busca, lo encuentra, y no le puede faltar» (MS 46 [1954] 636-637).
4. Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es madre en el orden de la gracia.
Más aún, la solicitud de María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo destaca muy bien san Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor. Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso «tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas, cuando sufres por tus hijos, y él hace, con su poder divino, todo lo que le pides» (Hom 1: PG 98, 348).
5. Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario. También leemos en san Germán: «Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros» (Hom 1: PG 98, 344).
Por tanto, en vez de crear distancia entre nosotros y ella, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida. Elevada a la gloria celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida. Es una Reina que da todo lo que posee compartiendo, sobre todo, la vida y el amor de Cristo. |